Cómo aprendí a vivir con anosmia

Seguramente haya invitado usted a un conocido o conocida a disfrutar del aroma de una flor, de un plato de comida o de la nueva fragancia que adquirió en el súper de la esquina. También, seguramente, habrá recibido como respuesta un “no puedo oler” en más de una ocasión, debido al resfriado o proceso alérgico que esté sufriendo esa persona. Pues bien, ese no es mi caso.

Al igual que muchas otras personas, nací con nariz. Lo que no sabía es que su utilidad se iba a limitar a proporcionar oxígeno a mi organismo, ya que oler, lo que se dice oler, es imposible para mí. Hace tiempo que padezco anosmia. Es decir, carezco de sentido del olfato. Además de confirmarlo con pruebas médicas, me di cuenta en el momento que dejé de apreciar los olores de la gasolina y el alcohol; los dos únicos ‘aromas’ que he podido distinguir en mi vida.

Este proceso degenerativo del sentido del olfato se llama hiposia, y es lo que me ha ocurrido a mí. Fue difícil hacérselo entender a mi familia, que además de ver en mí a su niño del alma, veía también a ese ‘pequeño jerbo’ que no hacía los deberes por las tardes y se inventaba cualquier excusa para no tener que abrir un libro educativo. Esa fama de mentiroso me costó años de batallas con mis padres, que no daban crédito a mis afirmaciones: “A mí me huele todo igual“.

En Primaria, mi querida madre me encomendaba la sencilla tarea de vigilar que su tostada no se quemase por las mañanas mientras ella terminaba de arreglarse para llevarnos al colegio e ir a trabajar. Era habitual escucharla bajar a toda prisa, a medio vestir, clamando al cielo y pidiéndome explicaciones de por qué había vuelto a dejar que se quemase la tostada (esto duró años).

– ¡Mamá, te prometo que no me he dado cuenta, no puedo oler!

– ¿¡Pero cómo no vas a oler, cacho carne!?

Nariz

Tampoco fue fácil lidiar con mi propio día a día. Para empezar, nunca supe cómo olía un pedo. Tampoco las cacas de los perros o las bombas fétidas con las que mis amigos y yo cabreábamos al personal en Halloween. Llegó un punto en el que, para no parecer rarito, seguí la corriente a todo el mundo. “¡Es verdad tío, huele a mierda!”, mentí en el autobús que nos llevaba a mi equipo y a mí a jugar un partido de fútbol. Y todo para evitar preguntas para las que no tenía respuesta.

Cumplidos los catorce años, reuní el valor suficiente para sentar a mis padres y pedirles por favor que creyesen mis palabras y fuéramos a un otorrinolaringólogo para confirmarlo. Accedieron preocupados y curiosos, pues les costaba entender que su hijo no tuviera sentido del olfato. El TAC confirmó la obstrucción total de mi pituitaria, pero para estar más seguro (yo lo estaba, desde luego), decidió someterme a una prueba de fuego.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Fue en una clínica de Los Remedios, en Sevilla. Allí, un señor me tumbó en una camilla, colocando varios electrodos por mi cuerpo. También me dio un antifaz, así como una clara consigna: “Relájate, respira con normalidad. Vamos a hacerte la prueba”. Me sentó mal que no me explicase cómo iba a comprobar si podía oler con todos esos parches si ninguno estaba cerca de la nariz. Aún así, opté por hacerle caso.

Tanto me relajé que casi me quedo dormido. Calculé que habían pasado unos quince minutos cuando, al fin, me dejó incorporarme y deshacerme del antifaz y los electrodos. Lo primero que vi fue a mi padre, sentado en una silla, con la mano derecha en la boca y al borde del llanto. Durante unas milésimas de segundo pensé que tenía algo grave y él lo sabía, pero nada más lejos de la realidad. Estaba llorando del asco.

Un tanto anonadado, el doctor me mostró los botes que había estado pasando cerca de mi nariz durante mi ‘siesta’. Sin yo saberlo, puso frente a mí aromas tan variopintos como flores, sabores… ¡y huevo podrido! Me sentía invencible, y al fin había demostrado que decía la verdad (pese a seguir mintiendo con los deberes en el instituto). Poco después, mi padre llevaría a cabo sus propias pruebas empíricas en casa, pero esa es otra historia.

En cualquier caso, desde entonces mi vida ha sido un completo ‘infierno’.

El miedo a morir por un escape de gas ha ido in crescendo. Ser el ‘canario’ allí donde vaya no es plato de buen gusto. Tampoco lo es comprar colonia como regalo, teniendo que pedir ayuda a otras personas (lo siento, Javier). Ver cómo mi hermano -el tal Javier- sabía lo que íbamos a comer cuando quedaban veinte metros para llegar a casa siempre me ha provocado una envidia irremediable.

Y por supuesto, pido perdón a cada chica con muestras de perfume en la mano a la que le he dicho “no, gracias” cuando se me ha acercado.

“¿Que no hueles? Entonces, ¿cómo saboreas?”

Esta es la pregunta que, probablemente, más me han hecho en mis 24 años de vida. Al parecer, para el resto de los mortales las papilas gustativas sirven de poco si no van acompañadas del olfato. Menos por más, menos. No obstante, al no haber experimentado nunca semejante experiencia, puedo asegurar que distingo unos sabores de otros, si bien no puedo saber si lo hago con la misma intensidad que las personas ‘normales’.

La desesperación de tener que explicar a cada ser humano el por qué de mi desdicha y cuál es mi relación con el mundo del sabor me han llevado a escribir este post. Con él pretendo no solo explicar qué se siente al no poder oler (simplemente entra el aire y vuelve a salir, sin nada reseñable que añadir), sino también que los anósmicos no podemos ponernos en vuestra piel. Si todo lo que como supiese igual, ¿qué problema tendría en comer verdura?

En cualquier caso, doy gracias a la vida por haberme desprovisto del olfato y no de la vista, el oído, el gusto o el tacto. De los cinco sentidos, sin duda, me quedo con esos cuatro.

Acerca de Carlos G. Urbano

Periodista. Redactor en Medina Media Producciones.
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5 Respuestas a Cómo aprendí a vivir con anosmia

  1. bermarpe dijo:

    Muchas gracias por tu artículo, lo has clavado.
    Miles de historias tengo a causa de mi anosmia, algunas han sido verdaderos desastres pero también las hay divertidas.
    Un abrazo, majo. 😉

  2. manuela dijo:

    Buenas, en mi familia también tenemos un caso de anosmia, mi hermana no tiene olfato desde que nació, ósea que nunca ha olida nada de nada , si te digo que aunque le costo que mi madre la entendiera porque no entendía lo que quería decir exactamente cuando ella le decía que no olia y mi mamá entendía que lo que quería decir es que no apreciaba ese olor en ese momento pero no que no tenía olfato, pero una vez ella supo explicarse la miraron muchos médicos pero no sirvió de nada, si es cierto que en su caso todos lo hemos tratado con mucha normalidad siempre incluyendo a ella y siempre le hemos mirado el lado positivo ya que si algo olia mal se lo encomendamos a ella jajaja.
    Si es cierto que cada vez q se lo comentas a alguien se sorprende y no lo cree o no lo entiende!! Pero siempre decimos lo mismo gracias a dios no es ciega ni sorda ni le falta ningún sentido más traumático para la vida de cualquier persona.
    Tómatelo de la mejor manera y no te obsesiones Eres alguien normal con un problema muy leve en comparación con otros disminuidos fisicos.
    Un saludo

  3. Pilar Triguero dijo:

    Genial el post Carlos, me gusta mucho tu estilo y créeme, a veces a muchos nos gustaría padecer anosmia. Un abrazo

  4. Bori dijo:

    Mira que eres raro, tío. Pero bueno, cada cual con lo suyo. Ahora mismo no podría vivir sin el olfato, porque lo utilizo mucho en la cocina… Pero bueno, mientras no te vaya mal, todos contentos 😀

  5. Luis Rull dijo:

    Colega: una gran entrada y una gran confesión. Nos ayuda a los demás a no ser pesados para que pruebes cosas ricas y que las disfrutes, y nos previene para no considerarte un sieso. 😉

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