Hasta siempre, profesor

Aún recuerdo el miedo que me entró por el cuerpo cuando entraste por la puerta de la clase el primer día del curso. Lo primero que pensé en cuanto empezaste a hablar fue que tendría que pasar el verano entero estudiando Historia del Mundo Contemporáneo, pero no porque te mostrases tan estricto e intransigente… Bueno, sí, era por eso.

Nada más lejos de la realidad. Pronto te pillé el “tranquillo”, por decirlo de alguna forma, y dejé de tomar apuntes en tus clases. No hacía falta, prestaba tanta atención a tus explicaciones (o relatos) y me cautivaban de tal manera que escribir se convertía en una pérdida de tiempo. Tus anécdotas personales tampoco se quedaban cortas.

Recuerdo que cuando te interesaste por mis planes de futuro y te los conté te entró la risa floja. No sé muy bien por qué, la verdad. Quiero pensar que sabías que estaba tirando mi futuro laboral a la basura pero no querías quitarme la ilusión. Si es así gracias, aún está intacta.

No sé muy bien quién te dijo que yo tenía un blog, la verdad, no sé cómo lo descubriste. Un día me encontré con un comentario tuyo en una de las entradas de mi blog. Me quedé de piedra, no supe reaccionar. Cuando verifiqué que se trataba realmente de ti aprobé el comentario y esperé al día siguiente para que me dieses tu opinión sobre mi blog. Pobre de mí, en vez de eso me llamaste “censor” delante de mis compañeros porque aplicaba la moderación de comentarios. Cómo me reí aquel día.

Me costará olvidar tu particular forma de mandarnos a paseo, como cuando finalizabas las clases con un enérgico “¡Feliz Navidad!” en pleno mes de abril. Tampoco olvidaré el día en que Doña Letizia Ortiz acudió al instituto a inaugurar la Biblioteca (sí, aquella que entonces llevaba ya cuatro años funcionando) y tú te pusiste un pin con la bandera republicana en la solapa de la chaqueta. Desafiante y ajeno a lo que los demás profesores pudieran pensar o decir al respecto. Estuve más atento de ti que de ella.

Siempre te estaré eternamente agradecido por haberme mostrado la otra Holanda, la que hay más allá de las drogas. Y ya no hablo solo de Amsterdam, sino de Volendam y Edam también. Como cuando fuimos al Museo Van Gogh, donde te encontré observando impasible y emocionado un lienzo blanco volteado y atravesado por dos gruesas líneas negras. Aquel día me diste una lección magistral de arte contemporáneo en apenas unos segundos:

– ¿Qué es eso Juan Diego?

– Esto es arte Carlos, arte.

– Pero si solo es un cuadro blanco torcido con dos líneas negras.

– Ya, ¿pero a ti se te habría ocurrido hacerlo?

– No.

– Exacto.

Jaque mate.

Siempre fuiste muy atento conmigo a pesar de lo serio y antipático que parecías en todo momento. En cuanto dejé el instituto me pediste que no perdiera el contacto contigo y que intentase escribirte de vez en cuando para contarte cómo me iba en la Universidad. Y así lo hice hasta que me enteré de tu enfermedad. Tu cuñada informaba a mi madre de tus progresos y, al mismo tiempo, ella me informaba a mí.

Mil veces estuve tentado de escribirte preguntándote cómo estabas, de hacerte una visita… pero no pude, me daba miedo. No sabía si ibas a reaccionar bien, mal o si estarías tan hundido que ni siquiera reaccionar fuese una opción. Desde entonces solo te escribí en tres o cuatro ocasiones, haciendo como que no sabía nada, pero estoy seguro de que tú sabías que lo sabía.

Hace menos de un mes me levanté de la cama con la firme convicción de mandarte un correo, preguntarte cómo te sentías, cómo iban esos ánimos. También quería preguntarte por tu predisposición a recibir la visita de un ex-alumno, no precisamente aventajado, pero que te echaba de menos y estaba preocupado por ti.

Encendí el ordenador y justo antes de poder empezar a escribir me encontré con la noticia de que habías fallecido cuatro días atrás. Y me dolió. Me dolió no haberte escrito antes al igual que me dolió no haberme podido despedir de ti ni darte las gracias una vez más.

Jamás podré agradecerte lo suficiente todo lo que hiciste por mí: enseñarme, que no es poco. Fuiste el único profesor del instituto que consiguió que aprendiese algo y el primero que quiso saber de mí una vez terminé el Bachillerato. Así que tan solo puedo darte las gracias.

Siento haber llegado tan tarde.

“Tan segura está la muerte de su victoria que nos da toda una vida de ventaja”

Acerca de Carlos G. Urbano

Periodista. Redactor en Medina Media Producciones.
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10 Respuestas a Hasta siempre, profesor

  1. Hay hechos y personas memorables, otras nos cambian.

  2. Charlie dijo:

    Al alma tio….

  3. Juanma Díaz dijo:

    Está bien acordarse de las personas que han dejado huella en tu camino. Lo siento mucho, Carlos.
    Un abrazo.

  4. juanlu_ga dijo:

    No sé cuál será tu ilusión pero no la pierdas. Pelea y lucha por ella … que sean otras las personas que te la quiten o estorben. Haces honor a tus ancestros siendo bien agradecido y teniendo un buen recuerdo de tu profesor.

    Ánimo y adelante.

  5. Donde quiera que esté, te dará ánimos y buena energía. O quizá sea que eso ya lo tienes y personas como él hacen que puedas sacarlo fuera.
    Sea lo que sea, vive tu propia vida y le darás una alegría (y a mí también) 😉

  6. Paz Soler dijo:

    Gracias por el homenaje a este profesor y a todos los profes. Soy profesora y me ha emocionado leerlo. Un saludo

  7. Muy bonito el post y muy bonito el homenaje. Has conseguido que recuerde mi infancia y aquellos maravillosos profesores que los hay y nos dejan huella. Seguro que todos recordamos a algun profesor y sobre todo la leccion de vida que nos dio aunque en aquel momento las hormonas y la juventud no nos dejaba ver.

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  9. Judit dijo:

    Wauu Carlos…aunque lo haya leído tarde, me he quedado impresionada…se me han puesto los pelos de punta…además me has hecho recordar todo lo que escribes que yo, afortunadamente, también tuve la suerte de vivir…

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